Privacy settings Préstame tu cabeza durante diez minutos

Ticker

6/recent/ticker-posts

Header Ads Widget

Préstame tu cabeza durante diez minutos



No escribo esto para convencerte de nada. Lo escribo porque hace años dejé de poder convencerme a mí mismo.

Hace algunos años decidí dejar de hacer ciertas preguntas. No porque hubiera encontrado respuestas, sino porque comprendí que algunas preguntas consumen una vida entera sin producir conocimiento. La más importante fue la existencia de Dios. No la descarté ni la acepté. Simplemente entendí que, mientras no existiera forma de distinguir entre una certeza y una convicción profunda, seguir girando en torno a ella era como caminar en círculos esperando un horizonte nuevo.

Curiosamente, el día que dejé de preguntarme por Dios, comenzó el verdadero problema.

Empecé a preguntarme por mí.

Y descubrí, para mi sorpresa, que yo era mucho más difícil de explicar que cualquier definición de Dios.

¿Quién soy exactamente?
¿El niño que fui?
¿El hombre que escribe estas líneas?
¿El anciano que, si la fortuna lo permite, algún día miraré desde el espejo?

Cada segundo dejo de ser quien era. Cada experiencia modifica la siguiente. Cada recuerdo se transforma un poco cada vez que lo invoco. El “yo” dejó de parecerme una identidad fija y empezó a verse como un proceso. Un verbo. Algo que ocurre mientras intento definirlo.

Y ahí surgió una paradoja de la que todavía no he podido escapar:

¿Cómo puede una conciencia investigarse a sí misma si el investigador cambia al mismo tiempo que aquello que investiga?

Quizá nunca me he estado observando.
Quizá solo he estado cambiando mientras intentaba comprender el cambio.

Después dirigí la mirada hacia el mundo y encontré otra incomodidad.

Todo lo que llamamos realidad está mediado por nuestros sentidos, nuestro lenguaje, nuestra biología y las categorías que heredamos antes incluso de aprender a pensar. Nunca vemos la realidad. Vemos lo que nuestro cerebro es capaz de convertir en ella.

Entonces apareció una pregunta aún más inquietante:

¿Y si existen aspectos de la existencia para los cuales simplemente no poseemos un órgano cognitivo capaz de percibirlos?

No hablo de fenómenos sobrenaturales. Hablo de la posibilidad humilde de que nuestra mente tenga límites estructurales que ni siquiera podemos detectar. Porque para detectar un límite primero hay que ser capaz de imaginar qué hay detrás de él.

Y quizá ahí resida nuestra mayor prisión: no en lo que ignoramos, sino en todo aquello cuya existencia jamás podremos sospechar.

Mientras más caminaba por ese laberinto, más comprendí algo que antes me parecía absurdo: las sociedades no se construyen solo sobre hechos, sino sobre narrativas. Relatos compartidos que permiten coordinar millones de voluntades. Necesitamos conceptos comunes sobre justicia, dignidad, libertad, familia, responsabilidad y futuro. No porque sean perfectos, sino porque sin un mínimo de significado compartido la cooperación se vuelve casi imposible.

Hoy, sin embargo, las discusiones han migrado desde las soluciones hacia la definición misma de la realidad. Ya no solo discutimos qué hacer. Discutimos qué significa una persona, una familia, una nación, la libertad o la verdad.

Cuando desaparece el significado compartido, el desacuerdo deja de ser político y se vuelve ontológico. Cada grupo comienza a habitar un universo conceptual distinto. Y la democracia, sin idioma común, empieza a perder el suelo que la hacía posible.

Mientras tanto, las redes nos arrojan cada día horrores —guerras, niños desaparecidos, trata, corrupción— que hace unas décadas habrían paralizado a una sociedad. Hoy duran minutos antes de ser sustituidos por el siguiente escándalo. Y lo que más duele no es la crueldad, sino la velocidad con la que nuestro cerebro aprende a protegerse. No porque seamos inmorales, sino porque necesita seguir funcionando.

Llevaba años haciéndome las preguntas equivocadas. No era “¿Cuál es la verdad?” Ni “¿Quién tiene razón?”

La pregunta era otra, más incómoda:

¿Cuánta verdad puede soportar una mente antes de necesitar una mentira para seguir siendo funcional?

No hablo solo del individuo. Hablo de familias, instituciones, culturas y civilizaciones enteras. Quizá una sociedad no colapsa únicamente cuando vive rodeada de mentiras. También puede fracturarse cuando la velocidad con la que cambian sus certezas supera su capacidad para reorganizar el sentido de su propia existencia.

No tengo respuestas. Hace tiempo dejé de perseguirlas con la misma obsesión. Hoy me conformo con algo más humilde: formular preguntas que puedan sobrevivir al paso del tiempo.

Si algún día descubro que estaba completamente equivocado, no sentiré vergüenza. Sentiré alivio. Porque significará que todavía existe algo capaz de sorprenderme.

Después de todo este recorrido, creo que el problema no es el mundo, ni Dios, ni la política. El problema es mucho más cercano: descubrir que el instrumento con el que intento comprender la realidad forma parte de ella y, por tanto, jamás podrá observarla desde fuera.

Quizá llevamos siglos preguntándonos cuánto puede conocer el ser humano, cuando la pregunta verdaderamente importante siempre fue otra:

¿Cuánta realidad puede soportar una conciencia antes de necesitar reemplazar parte de ella por una narrativa que le permita seguir viviendo?

No escribo esto porque crea tener razón. Lo escribo porque sospecho que pensar demasiado también tiene un precio. Entiendo por qué necesitamos certezas, dogmas y tribus. Entiendo la tentación de detener las preguntas y descansar.

Pero cada vez que lo intento, aparece una nueva pregunta que destruye la anterior. Y vuelvo a empezar.

Por eso sigo escribiendo. No para convencerte, ni para cambiar tu forma de pensar. Escribo porque, de vez en cuando, necesito comprobar que no soy el único que siente el vértigo de vivir sabiendo que la mayor prisión de la conciencia podría no ser la ignorancia…

…sino la cantidad de realidad que puede soportar antes de romperse.

Si has llegado hasta aquí sin estar de acuerdo conmigo, gracias.
Si has llegado estando de acuerdo, ten cuidado.

Ninguna idea —ni siquiera esta— merece convertirse en refugio donde dejar de pensar. Tal vez la verdadera libertad no consista en encontrar respuestas definitivas, sino en conservar el valor de seguir haciéndonos preguntas… incluso cuando sospechamos que algunas nunca serán respondidas.

Publicar un comentario

0 Comentarios