"La República Dominicana es la Patria de los dominicanos; y ha de ser libre e independiente de toda Potencia extranjera, o se hunde la isla." Juan Pablo Duarte
Nosotros somos dominicanos
Hay pueblos que nacen por geografía. La República Dominicana nació por voluntad.
A quienes observan nuestra nación y se preguntan por qué seguimos de pie. A quienes creen que la historia de un pueblo puede olvidarse. A quienes piensan que la identidad de una nación puede desaparecer con el paso del tiempo, con la indiferencia o con el olvido de sus propias raíces.
Escuchen bien. No nos conocen.
¿Por qué tanto interés en comprender a la República Dominicana?
No porque seamos el país más grande. No porque tengamos el ejército más poderoso. No porque seamos la economía más rica. Sino porque representamos algo mucho más difícil de conquistar: una identidad. Un pueblo que todavía canta su himno con orgullo, que todavía honra a Duarte, que todavía levanta su bandera con respeto y que todavía proclama con convicción:
¡DIOS, PATRIA Y LIBERTAD!
Las naciones no desaparecen cuando pierden dinero; desaparecen cuando pierden la memoria. Y mientras exista un dominicano dispuesto a recordar quién es, la República Dominicana seguirá existiendo. Nosotros somos dominicanos.
Una nación con raíces profundas
Antes de que muchas naciones americanas existieran, en esta tierra ya se levantaban instituciones que marcaron la historia del continente. Aquí nació la primera ciudad europea permanente de América. Aquí se construyeron la primera catedral, el primer hospital, la primera Real Audiencia y la primera universidad del Nuevo Mundo.
No somos un pueblo improvisado. Somos una nación con más de cinco siglos de historia. Una nación que ha aprendido a levantarse una y otra vez. Porque la historia no se hereda; la historia se construye.
Los hombres y mujeres que hicieron posible la República
Somos hijos de Juan Pablo Duarte, el hombre que soñó una República libre, independiente y soberana. De Francisco del Rosario Sánchez, que hizo realidad ese sueño. De Matías Ramón Mella, cuyo trabucazo anunció el nacimiento de una nación. De Gregorio Luperón, héroe de la Restauración. De María Trinidad Sánchez, de Concepción Bona, de Antonio Duvergé y de Máximo Gómez Báez, dominicano universal y uno de los estrategas militares más brillantes que ha conocido el continente americano.
Ellos no solo defendieron un territorio. Nos enseñaron que una patria solo permanece viva cuando existen ciudadanos dispuestos a defender sus principios.
Una nación que piensa, enseña y crea
Somos la tierra de Pedro Henríquez Ureña, uno de los más grandes humanistas de habla hispana. De Salomé Ureña, que convirtió la educación en un acto de patriotismo. De Manuel del Cabral, cuya poesía cruzó fronteras. De Óscar de la Renta, quien llevó el nombre de la República Dominicana a la cima de la moda internacional.
Somos también una nación de ciencia. Desde Santiago de los Caballeros, el investigador Ney David Montalvo se dio a conocer por cuestionar aspectos de la teoría de la relatividad y proponer nuevas interpretaciones en física teórica. Más allá del debate científico que puedan generar sus planteamientos, representa algo esencial: la capacidad dominicana de pensar, de investigar y de atreverse a desafiar los grandes problemas del conocimiento humano.
En la medicina, figuras como Hugo Mendoza, referente de la pediatría dominicana, y José Joaquín Puello, reconocido internacionalmente por su trayectoria en neurocirugía, representan la excelencia profesional y el compromiso con la vida. Somos un país que piensa, que investiga, que enseña y que crea.
Una nación que compite con los grandes
Somos una potencia deportiva. Más de novecientos dominicanos han llegado a las Grandes Ligas: Juan Marichal, Pedro Martínez, David Ortiz, Adrián Beltré, Vladimir Guerrero, Albert Pujols, Juan Soto. Varios de ellos ocupan un lugar en el Salón de la Fama del Béisbol.
Pero no somos únicamente una fábrica de peloteros. Félix Sánchez conquistó dos medallas de oro olímpicas. Marileidy Paulino llevó nuestra bandera a la cima del atletismo mundial. Las Reinas del Caribe convirtieron el voleibol dominicano en una referencia internacional. Para un país de nuestro tamaño, nuestros logros deportivos desafían toda lógica.
Una tierra que ha regalado cultura al mundo
Somos el pueblo que regaló al mundo el merengue y la bachata. Somos la tierra del larimar, una piedra semipreciosa única en el planeta. Del ámbar que conserva fósiles extraordinarios. Del cacao, del café, del ron y del tabaco premium que identifica a la República Dominicana en los mercados más exigentes del mundo.
Somos una de las economías más dinámicas del Caribe y uno de los principales destinos turísticos de la región. Y todo eso lo construimos trabajando, con esfuerzo, con sacrificio y con creatividad. Incluso enfrentando dificultades, crisis y errores que han puesto a prueba nuestra capacidad para salir adelante. Porque el verdadero motor de esta nación nunca ha sido únicamente un gobierno; siempre ha sido su pueblo.
Una libertad conquistada con sangre y valor
Nuestra historia también se escribió en los campos de batalla. En Azua, el 19 de marzo de 1844, un ejército dominicano logró contener el primer gran avance enemigo tras la Independencia. El 30 de marzo, en Santiago, otra victoria consolidó el nacimiento de la República. Después llegaron Las Carreras, Santomé, Cambronal, Beller y muchas otras acciones que dejaron una lección imborrable.
La libertad dominicana nunca fue un regalo. Fue conquistada, defendida y preservada generación tras generación. Cada generación recibió una República que alguien tuvo que defender antes.
Nuestros símbolos son nuestra memoria
Nuestro escudo no es una simple imagen. En su centro aparece una Biblia abierta, símbolo histórico presente desde los primeros años de la República y expresión de los valores que inspiraron a sus fundadores. Sobre ella se encuentra el lema que resume nuestro ideal nacional: Dios, Patria y Libertad.
En esa Biblia abierta resuena también un principio eterno: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres."
Porque una nación que pierde la verdad de su historia pierde parte de su libertad. La verdad de nuestra memoria, la verdad de nuestra identidad y la verdad de que solo siendo libres podemos ser dignos. Nuestra bandera no es un pedazo de tela; es la memoria de quienes lucharon por ella, el sacrificio de quienes la levantaron y la esperanza de quienes seguirán honrándola con trabajo, honestidad y amor por su país.
La grandeza de un pueblo no se mide por su tamaño
Nosotros discutimos, debatimos y elegimos, pero nunca olvidamos quiénes somos. Porque la soberanía no consiste solamente en proteger un territorio; también consiste en preservar una historia, una cultura, una memoria y una identidad.
Hay pueblos que heredan su grandeza; nosotros la construimos. Con libros, con trabajo, con ciencia, con arte, con música, con fe y con esfuerzo. Y cuando la historia lo exigió, con el valor de quienes decidieron que la libertad era irrenunciable. Que nadie confunda el tamaño de nuestra tierra con la grandeza de nuestro pueblo, porque la República Dominicana podrá ser pequeña en el mapa, pero jamás será pequeña en la historia.
Nacimos para escribir la historia
Podrán escribir libros sobre nosotros, podrán hacer estudios sobre nosotros y podrán intentar comprendernos. Pero jamás podrán explicar una sola cosa: ¿Cómo un pueblo tan pequeño logró hacerse tan grande?
Nosotros sí conocemos la respuesta. Porque no nacimos para ser espectadores de la historia, nacimos para escribirla.
Mientras exista un solo dominicano dispuesto a enseñar a sus hijos quién fue Duarte, qué significan nuestra bandera y nuestro escudo, y por qué esta tierra merece ser cuidada con trabajo, principios y amor, la República Dominicana seguirá de pie.
Porque nosotros somos dominicanos. Y eso significa que jamás renunciaremos a nuestra libertad, jamás renunciaremos a nuestra identidad y jamás renunciaremos a nuestra dignidad.
¡DIOS! ¡PATRIA! ¡Y LIBERTAD!
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