Soy lo que soy.
No lo que explico, no lo que prometo, no lo que otros interpretan.
Lo que soy se ve. No pide permiso. No necesita validación.
El problema empieza cuando confundo crecer con negarme.
Cuando llamo evolución a abandonar mi naturaleza y le digo madurez al autoengaño.
Pretender ser lo que no soy no me eleva:
me divide.
Ahí nace la fatiga.
No del mundo, sino de sostener una versión mía que no camina sola y exige justificación constante.
Me digo que quienes me nombran por lo que no soy mienten.
Pero la verdad es más incómoda:
miente la idea que intento habitar.
Ser no es una meta.
Es un punto de partida.
Cuando el “debería ser” reemplaza al “soy”, la paz se posterga, la verdad se negocia y la existencia se vuelve actuación. Ya no vivo: administro una identidad.
No duele no encajar.
Duele traicionarse creyendo que eso es progreso.
Tal vez no estoy perdido.
Tal vez solo estoy demasiado lejos de mí.
Y ninguna versión futura compensa el abandono del presente.

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