Privacy settings El Perro que Gira en la Penumbra: Una Danza con el Caos

Ticker

6/recent/ticker-posts

Header Ads Widget

El Perro que Gira en la Penumbra: Una Danza con el Caos





Por Job Vasquez

Lo que quiero compartir hoy es un laberinto de preguntas que, paradójicamente, no buscan una salida. Es un tipo de pensamiento que, aunque solemne en su nombre, es un caos sutil que se repite, como un perro que gira sobre sí mismo, dudando si su cola es real o solo un eco del cansancio. No se trata de pensar poco, sino de pensar demasiado, con una obsesión infinita, como si cada idea fuera una pestaña abierta en mi mente, todas susurrando una filosofía sin resolución.

Y aquí es donde la claridad se escapa. Hay preguntas que sostienen la vida, las operativas: “¿Qué hago hoy?”, “¿Cómo resuelvo esto?”. Y luego están las preguntas trampa, esas que se desbordan en la penumbra: “¿Qué soy en verdad?”, “¿Qué debería pensar para ser correcto?”. No es la profundidad lo que me paraliza, sino su inacabable expansión, un software que compila, pero nunca devuelve un resultado. Y ahí está la ironía más dura: no es falta de inteligencia, es un campo minado de ideas que no sabe cuándo detenerse.

Pero, desnudo de solemnidad, debo decirlo: no necesito resolver quién soy para vivir. No requiero una fórmula cerrada ni una etiqueta divina. Si algún día, en un rincón oscuro de la mente, aparece esa respuesta, quizás ya no importe, porque habré comprendido que era solo un espejismo. Así que, en vez de preguntarme qué soy, me pregunto qué hago con este caos mientras sigo respirando. Y cuando la mente, como un espectro, recita su monólogo, ya no respondo con pánico ni con lágrimas. Solo digo, con un susurro sarcástico: “ok, interesante… pero, ¿qué sigue ahora?”.

Y aquí es donde entra mi reflexión: lo que he descubierto en este proceso es que este estado no es una derrota, sino una disciplina sutil. Porque, aunque parezca una rendición, es un modo refinado de no traicionar la profundidad. Es reconocer que el caos no es mi enemigo, sino mi compañero. Y que la clave no es huir de él, sino danzar con él hasta encontrar, no un fin, sino una nueva dirección. Y esa, creo, es la verdadera libertad.

Porque la libertad, al final, no es la ausencia de preguntas, sino la capacidad de vivirlas sin ser devorado por ellas. Es un acto constante de elegir, no desde la certeza, sino desde la posibilidad. Es saber que no controlamos el viento, pero sí decidimos cómo ajustamos las velas. Y, en esa danza con la incertidumbre, encontramos, por fin, un espacio propio donde ser.

Publicar un comentario

0 Comentarios