Hay Algo Que No Encaja… y Lo Sabes
Por Job Vásquez
Hay algo que no encaja.
Y lo sabes desde hace rato.
No es que estés perdido. Es peor. Estás demasiado despierto. Tu mente es un cuarto con todas las luces encendidas a las 3 de la mañana, y nadie duerme.
Giras. Analizas. Desarmas. Reconstruyes. Y justo cuando crees que por fin has tocado fondo de verdad, el suelo se mueve otra vez. Como un perro que persigue su cola bajo la lluvia: empapado, exhausto, y aun así girando.
Nunca la alcanza.
No porque no sea lo suficientemente rápido, sino porque no hay cola. Solo el movimiento.
Y ahí, en ese giro eterno, está la trampa más sofisticada que existe.
Creemos que estamos profundizando.
En realidad solo estamos masturbando la incertidumbre.
Hay preguntas que salvan… y otras que devoran
Hay preguntas que salvan:
“¿Qué voy a hacer hoy?”
“¿Cómo doy el siguiente paso?”
Y hay preguntas que devoran:
“¿Quién soy yo realmente?”
“¿Y si todo lo que creo es una mentira?”
Estas últimas tienen un sabor adictivo. Se sienten importantes, trascendentes, casi sagradas. Por eso nos arrodillamos ante ellas. Nos quedamos horas, días, años, dándoles vueltas como quien le da vueltas a un cuchillo dentro de una herida, convencido de que esta vez va a sanar.
No es profundidad.
Es ruido disfrazado de sabiduría.
La ilusión de la respuesta final
La mayoría muere buscando la respuesta definitiva. Esa que lo explique todo. Esa versión final y limpia de sí mismos.
Nunca llega.
Y aunque llegara, no te salvaría.
Porque el problema nunca fue la ausencia de respuesta.
El problema es la necesidad desesperada de tenerla.
Cuando por fin lo ves, algo se quiebra por dentro… de la forma correcta.
Dejas de cazar la conclusión perfecta.
Dejas de pedirle a tu mente que te entregue tu identidad en bandeja.
Y empiezas a hacer lo más difícil y valiente que existe:
Vivir sin resolverte del todo.
No necesitas saber quién eres para moverte
No necesitas saber quién eres para dar el siguiente paso.
No necesitas tener la mente en silencio para avanzar.
Ella va a volver. Siempre vuelve. Con su voz elegante y convincente te dirá: “Esta vez es diferente… esta vez sí vale la pena seguir el hilo”.
Y ahí, con ternura pero firmeza, tienes que mirarla a los ojos y responderle:
“Lo sé. Es interesante.
Pero no ahora.”
Eso no es huir.
Es amor propio.
Porque tal vez tu mente no quiere respuestas.
Tal vez solo quiere que nunca dejes de escucharla.
El verdadero cambio
Cuando entiendes esto, muchas preguntas pierden su urgencia. Se revelan como lo que siempre fueron: meros hábitos mentales. Adicciones disfrazadas de búsqueda espiritual.
Y entonces descubres el verdadero cambio:
No está en pensar mejor.
Está en cortar mejor.
En dejar algunas cosas sin cerrar.
En soltar la necesidad de entenderlo todo.
En romper el hechizo.
Duele.
Duele abandonar esa identidad de “persona profunda que lo cuestiona todo”.
Pero al otro lado del dolor hay algo silencioso y poderoso:
Espacio.
Movimiento.
Vida real.
Al final…
La libertad no es dejar de tener dudas.
Es aprender a caminar con ellas sin que te secuestren.
Es dudar… y aun así avanzar.
Es sentir el caos… y no perderte dentro de él.
Aunque no sepas exactamente hacia dónde vas.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso…
se siente suficiente.

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