Privacy settings El Perro que Gira en la Penumbra: Una Danza con el Caos

Ticker

6/recent/ticker-posts

Header Ads Widget

El Perro que Gira en la Penumbra: Una Danza con el Caos





Por Job Vásquez

Hay algo que no encaja… y lo sabes. 

No es que estés perdido. Tampoco es que no entiendas las cosas. De hecho, ese es el problema: entiendes demasiado. Tu mente no se detiene. Analiza, cuestiona, desarma, reconstruye… y cuando parece que llega a algo, vuelve a empezar. Como un perro que gira sobre sí mismo, convencido de que esta vez sí va a alcanzar su cola. Pero no la alcanza. Nunca la alcanza.

Y no es porque no pueda. Es porque no hay nada que alcanzar. Ahí empieza la trampa. Porque hay un tipo de pensamiento que no busca respuestas. Solo busca seguir existiendo. Se alimenta de su propio movimiento, como si detenerse fuera desaparecer. Y tú, sin darte cuenta, empiezas a confundir eso con profundidad.

Pero no todo lo profundo sirve. Hay preguntas que funcionan, las que te mueven, las que resuelven algo: ¿Qué hago hoy? ¿Cómo arreglo esto? ¿Qué decisión tomo ahora? Esas preguntas construyen. Pero hay otras que no: ¿Qué soy en realidad? ¿Qué debería pensar para estar en lo correcto? ¿Estoy viendo esto bien… o todo está mal desde el principio?

Esas no construyen. Consumen. Y lo más peligroso es que se sienten importantes. Te hacen creer que estás avanzando, cuando en realidad estás dando vueltas en el mismo punto, con palabras más sofisticadas.

No es ignorancia. Es exceso sin dirección. Una mente que no sabe cuándo detenerse deja de ser una herramienta y se convierte en un ruido constante.

Ahí es donde la mayoría se pierde. Porque intentan resolverlo. Intentan encontrar una respuesta final que cierre todo, que organice todo, que explique todo. Como si existiera una versión definitiva de ellos mismos esperando ser descubierta.

No la hay. Y aunque la hubiera, no cambiaría nada. El problema no es la falta de respuesta. Es la necesidad de tenerla. Eso es lo que te mantiene girando. No el caos, sino tu resistencia a él.

Cuando lo entiendes, algo cambia. No afuera, adentro. Dejas de buscar una conclusión perfecta. Dejas de definirte todo el tiempo. Y empiezas a hacer algo mucho más incómodo: seguir viviendo sin resolverlo. No necesitas saber quién eres para tomar una decisión. No necesitas tener claridad absoluta para avanzar. No necesitas entenderlo todo para dar el siguiente paso.

Eso suena simple, pero no lo es. Porque tu mente va a volver. Va a insistir. Va a intentar convencerte de que esta vez vale la pena seguir ese pensamiento hasta el final. Pero si prestas atención, puedes hacer algo distinto. No detenerla, no pelear con ella. Solo escucharla y no obedecerla. Decirle, literalmente: “Ok… interesante, pero no ahora”. Y seguir. No porque resolviste algo, sino porque elegiste no quedarte atrapado ahí.

Eso no es evasión. Es control. Un control que no viene de dominar la mente, sino de no someterte a cada cosa que produce. Y ahí es donde todo cambia. Porque empiezas a darte cuenta de algo incómodo: tal vez la mente no quiere respuestas. Tal vez solo quiere mantenerse ocupada.

Si eso es cierto, muchas de las preguntas que te haces no son necesarias. Son solo hábitos, patrones aprendidos, porque te hacen sentir que estás haciendo algo importante. Pero no siempre lo es. A veces solo estás evitando moverte. Pensar se convierte en una excusa elegante para no actuar. Y eso es peligroso, porque mientras más lo haces, más difícil se vuelve salir.

Hasta que un día te das cuenta de que no estás avanzando. Solo estás pensando en avanzar. Y no es lo mismo.

Por eso, el cambio no está en encontrar mejores respuestas. Está en hacer mejores cortes. En decidir qué pensamiento vale la pena y cuál no. En entender que no todo lo que pasa por tu mente merece tu tiempo, ni tu energía, ni tu atención.

Eso es disciplina. No la disciplina de hacer más, sino la de no seguir todo. La de dejar cosas sin resolver a propósito. Y sí, incomoda, porque estás rompiendo una adicción: la de entenderlo todo.

Pero también te libera.

Porque en ese espacio donde ya no necesitas cerrar cada idea, aparece algo nuevo: movimiento, acción, dirección. No perfecta, no clara, pero real. Y eso es suficiente.

Porque al final, la libertad no es dejar de cuestionar. Es no depender de cada pregunta para poder avanzar. Es poder pensar sin quedarte atrapado pensando. Es poder dudar sin paralizarte. Es poder vivir sin tener que entenderlo todo primero.

Y eso cambia todo.

No porque resuelve el caos, sino porque te permite moverte dentro de él sin perderte. Como si dejaras de girar en círculos y empezaras, por fin, a caminar en línea recta. Aunque no sepas exactamente hacia dónde.

Y tal vez esa es la parte más difícil de aceptar: que no necesitas tener claro el destino para dejar de dar vueltas.

Publicar un comentario

0 Comentarios