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Cuando las Preguntas se Vuelven un Laberinto: La Paradoja del Ser y la Acción





Autor: Job Vasquez

Lo que me pasa, a veces, tiene un nombre que suena demasiado solemne para lo absurdamente caótico que es: hiper-reflexividad ontológica improductiva. En mi idioma, dominicano, es como un perro en la noche, girando sin fin sobre sí mismo, atrapado en una cola que nunca se cierra, dudando si esa cola es real o solo una proyección del cansancio. Y ahí, en ese ciclo, empieza mi problema. No es que piense poco; es que pienso demasiado, con una obsesión infinita, como si mi mente temiera apagar pestañas. Es un navegador interno con decenas de pestañas abiertas, ninguna cargando, pero todas emitiendo un rumor filosófico de fondo.

Voy a decirlo claro, aunque mi mente, como un espectro, rehúye la claridad. Hay dos tipos de preguntas: las útiles, las operativas, esas que sostienen la vida: “¿Qué hago hoy?”, “¿Cómo resuelvo esto?”, “¿Cómo salgo de este problema sin destruir mi presente?”. Y luego están las preguntas trampa, las infinitas, como espectros en la penumbra: “¿Qué soy en verdad?”, “¿Qué debería pensar para ser correcto?”, “Por qué estos pensamientos llegan si ni siquiera los elegí”. El problema no es la profundidad de esas preguntas. Es que son un abismo que no se puede medir, un software que compila, pero nunca devuelve un resultado. Y ahí está la ironía más cruel: no es que sea un tonto, es que mi mente es un campo minado de ideas que no sabe cuándo parar.

Pero la verdad, desnuda y casi trágica, es esta: no necesito resolver quién soy para vivir. No requiero una etiqueta divina ni una fórmula cerrada para dar un paso. Si algún día, en un rincón oscuro de mi mente, encuentro la respuesta definitiva, quizá ya no me importe, porque habré comprendido que era un espejismo en la penumbra. Así que, en vez de preguntarme qué soy, pregunto qué hago con este caos mientras sigo respirando. Y cuando mi mente, como un fantasma, vuelve a recitar su monólogo, ya no respondo con terror ni con lágrimas. Solo le digo, casi en un susurro sarcástico: “ok, interesante… pero, ¿qué sigue ahora?”.

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