Reflexiones sobre la duda, la dignidad y el valor de pensar por uno mismo
Por Job Vásquez
Existe algo curioso en nuestra época.
Vivimos en el tiempo de mayor acceso al conocimiento en toda la historia de la humanidad y, paradójicamente, parece que cada vez hay menos personas dispuestas a pensar por sí mismas.
No hablo de inteligencia.
Tampoco hablo de educación.
Mucho menos de títulos universitarios.
Hablo de algo más simple y más escaso: la capacidad de detenerse, observar, analizar y preguntarse si aquello que creemos es realmente nuestro o simplemente una idea prestada que repetimos porque nos hace sentir cómodos.
Quizá por eso siempre me han causado sospecha las personas que tienen respuestas para todo.
Los hombres que nunca dudan.
Los que siempre saben quiénes son los buenos y quiénes son los malos.
Los que tienen explicaciones simples para problemas complejos.
Los que convierten cualquier discrepancia en herejía.
Porque la historia me ha enseñado algo incómodo:
Los mayores desastres de la humanidad no fueron cometidos por personas llenas de dudas, sino por hombres convencidos de poseer la verdad absoluta.
No fueron los escépticos quienes construyeron los gulags.
No fueron los hombres que se hacían preguntas quienes levantaron campos de exterminio.
No fueron los que dudaban quienes enviaron millones de personas a morir por una ideología, una raza, una religión o una utopía.
Fueron los hombres de las respuestas.
Los hombres de las certezas.
Los hombres incapaces de aceptar la posibilidad de estar equivocados.
La Extraña Admiración por Aristóteles
Quizá por eso siempre he sentido una profunda admiración por Aristóteles.
No porque creyera que era infalible.
No porque estuviera de acuerdo con todo lo que escribió.
Sino porque siempre tuve la impresión de que amaba más las preguntas que las respuestas.
Sé que muchos dirán que Aristóteles era un constructor de sistemas, y tienen razón. Pero detrás de cada una de sus conclusiones existía algo que considero más valioso que la conclusión misma:
La necesidad de comprender.
Porque una respuesta puede morir.
Pero una pregunta honesta puede sobrevivir siglos.
Tal vez por eso encuentro un parecido peculiar entre Sócrates y Jesucristo.
Uno utilizaba la mayéutica.
El otro utilizaba las parábolas y las paradojas.
Ninguno parecía interesado en entregar respuestas prefabricadas.
Ambos parecían más interesados en obligar al hombre a enfrentarse consigo mismo.
«¿Quién dices que soy?»
«¿Qué es la justicia?»
«¿Quién está libre de pecado?»
«¿Qué es la verdad?»
Preguntas.
Siempre preguntas.
Y quizá sea precisamente eso lo que más incomoda a las instituciones.
Porque las instituciones aman a los creyentes obedientes, pero desconfían de los hombres que preguntan.
Mi Problema Nunca Fue Dios
Lo aprendí hace muchos años.
Recuerdo una conversación con un pastor evangélico que terminó expulsándome de su iglesia porque, según él, yo estaba influenciado por el diablo.
Lo irónico es que nunca tuve un problema con Dios.
Mi problema siempre ha sido otro.
Nunca me ha parecido lógico intentar explicar aquello cuya propia existencia descansa en la fe.
Si Dios existe, probablemente trasciende mi capacidad de comprensión.
Y si no existe, seguiré siendo incapaz de demostrar lo contrario de manera absoluta.
Por eso hace tiempo dejé de perder energía intentando explicar lo inexplicable.
Mi problema nunca fue Dios.
Mi problema siempre han sido los hombres que aseguran que Dios les habló.
Y, sobre todo, aquellos que exigen obediencia en nombre de esa supuesta conversación privada.
Porque la historia está llena de hombres que dijeron hablar en nombre de Dios, de la patria, del pueblo, de la revolución, de la igualdad, de la justicia o del progreso.
Y detrás de muchas de esas palabras hermosas se escondían monstruos perfectamente humanos.
Aprender de los Monstruos
Con el tiempo descubrí algo extraño.
He aprendido grandes lecciones de los peores hombres.
Porque comprender al monstruo es más útil que fingir que no existe.
El hombre que cree que es incapaz de convertirse en un monstruo suele ser el primero en transformarse en uno.
Cuando las Ideologías se Convierten en Religiones
Las ideologías.
Con el tiempo llegué a sospechar que todas las ideologías corren el mismo riesgo:
Terminar pareciéndose a las religiones que prometieron superar.
Crean dogmas.
Crean herejías.
Crean profetas.
Crean enemigos.
Y finalmente exigen obediencia.
Cuando una idea deja de tolerar preguntas, deja de servir al hombre y comienza a exigir sacrificios humanos.
Los Líderes que Necesitan Problemas para Existir
Quizá por eso desconfío de los líderes que necesitan problemas para existir.
Porque un político que vive del miedo necesita miedo.
Un revolucionario que vive de la desigualdad necesita desigualdad.
Un salvador necesita personas desesperadas.
Y un hombre que construye su poder sobre las víctimas jamás permitirá que las víctimas desaparezcan.
No Me Molesta Estar Equivocado
Tal vez por eso no aspiro a tener la razón.
Las respuestas tienden a decepcionarme.
No me molesta estar equivocado.
Puedo corregir un error.
Lo que odio es estar confundido.
Porque la confusión me obliga a seguir pensando.
Y pensar tiene un precio.
Pero existe algo peor que equivocarse.
La dignidad.
Porque para mí la dignidad no consiste en tener siempre la razón.
Consiste en negarme a renunciar a mi capacidad de pensar por mí mismo.
La Herencia Más Valiosa
Mi padre me enseñó a observar.
Me enseñó a analizar.
Me enseñó a razonar.
Pero, sobre todo, me enseñó a pensar por mí mismo.
Y aunque eso me haya convertido en una persona incómoda, jamás cambiaría esa enseñanza por la tranquilidad de la obediencia ciega.
No Existe Nada Nuevo Bajo el Sol
Después de leer filósofos, revolucionarios, santos, criminales, teólogos y tiranos, he llegado a una conclusión profundamente decepcionante:
No existe nada nuevo bajo el sol.
Los nombres cambian.
Las banderas cambian.
Las consignas cambian.
Pero el ser humano sigue siendo el mismo.
Quizá por eso sigo prefiriendo las preguntas.
Porque las respuestas pasan de moda.
Las preguntas permanecen.
¿Y si el mayor acto de rebeldía del siglo XXI no fuera gritar más fuerte que los demás, sino conservar el valor de pensar por uno mismo?
Autor: Job Vásquez
"No aspiro a tener la razón. Pero siempre me negaré a perderla."
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