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Tropa de Élite 2: cuando la verdad deja de tener bando

Tropa de Élite 2: cuando la verdad deja de tener bando
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Una mirada personal al coronel Nascimento, Matías, Fábio y Fraga desde el deber, la familia y esa incómoda capacidad de reconocer la verdad aunque venga del lado contrario.


Hay películas que uno termina de ver y ya está.


Se acabó la película, aparecen los créditos… y uno sigue con su vida.


Y hay otras que hacen algo mucho más incómodo.


Te dejan pensando.


Tropa de Élite 2 es de esas.


Porque la primera película te mete de cabeza en la violencia, la corrupción policial y la lógica brutal del BOPE.


Pero la segunda hace algo diferente.


Te saca de la calle y te mete dentro del sistema.


Y ahí es donde la película empieza a ponerse realmente interesante.


El motín


La historia comienza con un motín en una cárcel.


Y desde el principio hay una decisión que, para mí, cambia completamente la lectura de la película.


Nascimento intenta detener lo que está ocurriendo.


Lo intenta por radio.


Una vez.


Otra vez.


Y otra.


Pero llega un momento en que deja de intentar detenerlo.


Y como alguien que estuvo dentro de las Fuerzas Armadas, esa escena me hizo detenerme.


Porque una cosa es mirar la escena desde afuera y pensar únicamente en la violencia.


Y otra es intentar entender la decisión desde la lógica militar.


Nascimento sabe que tiene una decisión delante.


Sabe lo que puede ocurrir.


Y aun así decide.


No voy a justificar lo que ocurre. Pero sí puedo entender la lógica con la que el personaje toma esa decisión: eliminar al hombre que considera responsable puede significar, desde su perspectiva, eliminar una amenaza que después volverá a caer sobre la sociedad.


Y ahí aparece una de las grandes trampas de la película.


Nascimento cree que está resolviendo un problema.


Pero, en realidad, solo está cambiando de escenario.


Matías y la culpa


Después viene una conversación entre Nascimento y Matías.


Y aquí la película empieza a tocar algo mucho más profundo.


Porque Matías ya no es simplemente aquel policía joven de la primera película.


Y para entenderlo hay que recordar algo de aquella historia.


Nascimento no solamente entrenó a Matías.


Lo observó.


Lo estudió.


Matías era policía, pero también estudiaba Derecho.


Y además se relacionaba con personas dentro de una ONG en una favela controlada por el narcotráfico.


Desde la perspectiva de Nascimento, eso era un problema.


Para él, un policía no podía confundirse con la gente a la que debía combatir.


Nascimento incluso le cuestionaba que tuviera compañeros policías involucrados con drogas y que él simplemente mirara hacia otro lado.


Para Nascimento, eso era una debilidad.


Y probablemente también lo era la manera en que Matías todavía conservaba algo que Nascimento intentaba arrancarle: la capacidad de mirar al otro como persona.


Eso se ve también en la historia de Romerito.


Matías compra unos lentes para aquel niño.


Un gesto aparentemente pequeño.


Humano.


Pero dentro del mundo de Tropa de Élite, los gestos tienen consecuencias.


La información termina llegando a Baiano.


Y aquello contribuye indirectamente a la emboscada que termina con la muerte de Neto.


Nascimento ve todo eso.


Y registra algo.


Matías tiene inteligencia.


Tiene capacidad.


Tiene coraje.


Pero todavía no está completamente endurecido.


Por eso Nascimento intenta formarlo a su manera.


Cerrar puertas.


Cortar vínculos.


No confiar.


No mezclarse.


No mirar demasiado.


Porque, para Nascimento, sentir demasiado puede costarle la vida a un policía.


Fábio y la amistad que Nascimento no entiende


Y entonces aparece Fábio.


Otra pieza importante.


Porque Nascimento también conoce la relación entre Matías y Fábio.


Y sabe perfectamente que Fábio es corrupto.


Pero Matías mantiene esa amistad.


Y eso vuelve a mostrar el problema que Nascimento ve en él.


Matías todavía conserva vínculos.


Todavía tiene afectos.


Todavía intenta moverse dentro de ese mundo sin convertirse completamente en él.


Y eso, para Nascimento, es peligroso.


Pero también es precisamente lo que hace que Matías sea diferente.


Mientras Nascimento sube, Matías paga


Por eso la conversación entre los dos en la segunda película tiene tanto peso.


Porque Matías está hablando con el hombre que lo formó.


Pero ya no está hablando como un subordinado que simplemente recibe órdenes.


Está pensando.


Está cuestionando.


Está construyendo su propio criterio.


Y eso es precisamente lo que Nascimento había intentado enseñarle, aunque quizá nunca imaginó que algún día ese mismo criterio se volvería contra él.


Mientras Nascimento asciende, Matías paga el precio.


Nascimento comienza a subir dentro de la estructura.


Matías, en cambio, comienza a convertirse en un problema.


Y ahí la película muestra una de sus contradicciones más interesantes.


El hombre que está ganando poder empieza a perder algo.


Y el hombre que está perdiendo posición empieza a ganar conciencia.


Matías entiende que el problema no termina en la policía.


Hay algo mucho más grande detrás.


Política.


Intereses.


Corrupción.


Poder.


Y Nascimento comienza a entenderlo también.


Aunque todavía no completamente.


La visita de Nascimento a Matías


Entonces llega la visita de Nascimento a Matías.


Y para mí, esta es una de las escenas más importantes de toda la película.


Porque ahí se enfrentan dos versiones de una misma formación.


Nascimento ve a Matías como alguien a quien él creó.


Matías ve a Nascimento como el hombre que le enseñó a sobrevivir, pero también como alguien que terminó atrapado dentro de su propia lógica.


Matías intenta imponerse.


Lo llama por su rango.


Intenta mantener la distancia.


Pero la conversación termina tomando otro rumbo.


Y entonces llega esa frase:


“Usted cambió, coronel.”


Qué frase.


Porque Matías no se la está diciendo simplemente para reprocharle algo.


Se la está diciendo porque lo conoce.


Porque sabe de dónde viene.


Porque sabe quién era.


Y porque está viendo en qué se está convirtiendo.


Nascimento había pasado años enseñándole a Matías que había que endurecerse para sobrevivir.


Ahora Matías está frente a él y es Matías quien consigue abrirle los ojos.


Eso me parece extraordinario.


Porque significa que el alumno terminó enseñándole algo al maestro.


La muerte de Matías


Y después…


Matías muere.


Y ahí la película cambia otra vez.


Porque su muerte no solamente afecta a Nascimento.


También afecta a Fábio.


Y aquí Fábio adquiere una importancia que a veces puede pasar desapercibida.


Fábio no es un estratega brillante.


No es el gran cerebro detrás de nada.


Es algo mucho más sencillo.


Es un oportunista.


Un hombre que aprendió a sobrevivir dentro de un sistema podrido procurando no quedar debajo de la rueda.


Y precisamente por eso su reacción ante la muerte de Matías funciona.


Porque Matías era su amigo.


Y en un mundo donde casi todo tiene precio, la muerte de un amigo todavía consigue doler.


El problema era mucho más grande


Y mientras todo esto ocurre, Nascimento comienza a descubrir que el enemigo que llevaba años buscando no estaba solamente en las calles.


Estaba mucho más arriba.


Porque la corrupción no era únicamente un policía aceptando dinero.


El problema era una estructura completa.


Una red donde policías, políticos, intereses económicos y grupos criminales podían terminar alimentándose unos de otros.


Y ahí es donde Tropa de Élite 2 deja de ser simplemente una película sobre policías.


Se convierte en una película sobre poder.


Sobre cómo funciona el poder cuando deja de responder a la justicia y empieza a responder a sí mismo.


Porque Nascimento también es padre


Pero hay algo que me llamó especialmente la atención.


Nascimento también es padre.


Y la película no se olvida de eso.


Su relación con Rafael es complicada.


Nascimento no intenta convertirse en el padre complaciente que simplemente quiere caerle bien a su hijo.


Él observa.


Pregunta.


Interviene.


Y cuando aparece el problema de las drogas, incluso se da cuenta de algo que otros podrían pasar por alto.


Las drogas no eran de Rafael.


Y cuando Rafael defiende a su amiga, Nascimento no deja de ser su padre porque el muchacho no piense como él.


Rosane también aparece en ese momento.


Y, de alguna manera, reconoce que Nascimento tiene que hablar con su hijo.


Eso me llamó la atención.


Porque Nascimento puede ser un hombre brutal en su trabajo, pero en su casa sigue existiendo una responsabilidad que no puede delegar.


No puede simplemente decir:


“Ya él está grande. Que haga lo que quiera.”


No.


Sigue siendo su padre.


Y por eso lo lleva a entrenar jiu-jitsu.


Y le habla desde esa posición.


No solamente como autoridad.


Como alguien que está intentando protegerlo.


Incluso cuando el hijo todavía no entiende por qué.


Nascimento y Fraga


Y entonces llegamos al punto que, para mí, termina de darle sentido a toda la película.


Nascimento y Fraga.


Dos hombres que prácticamente representan polos opuestos.


Nascimento está mucho más cercano a una visión de orden, fuerza y seguridad.


Fraga representa una visión mucho más enfocada en los derechos humanos, las instituciones y la protección de los civiles.


Podríamos llamarlos derecha e izquierda.


Pero creo que reducirlos simplemente a eso sería perder lo interesante.


Porque la película no necesita decidir cuál de los dos tiene razón en todo.


Lo interesante es que ambos pueden tener posiciones diferentes y, aun así, coincidir cuando aparece una verdad concreta.


Y eso es algo que me parece profundamente humano.


No necesitamos pensar igual para trabajar juntos.


No necesitamos votar igual.


No necesitamos tener la misma ideología.


Ni siquiera necesitamos caernos bien.


Lo que necesitamos es poder reconocer una verdad cuando está demostrada y reconocer también cuándo existe un objetivo que puede alcanzarse.


Ahí es donde Nascimento y Fraga terminan encontrándose.


No porque uno se convierta en el otro.


Sino porque ambos descubren que, en determinado momento, sus diferencias dejan de ser lo importante.


El objetivo sí lo es.


Y la verdad también.


Cuando la verdad deja de tener bando


Y quizás por eso el título de esta reseña terminó saliéndome casi solo:


Tropa de Élite 2: cuando la verdad deja de tener bando.


Porque esa es la sensación que me deja la película.


La verdad no siempre pertenece al grupo en el que estamos.


A veces la persona que tenemos enfrente está equivocada en diez cosas, pero tiene razón en la número once.


Y reconocer esa número once puede ser más importante que defender las otras diez por orgullo.


Eso exige algo que no abunda demasiado: la capacidad de abandonar el complejo de tener que ganar una discusión para poder ganar algo mucho más importante.


La realidad.


Matías muere.


Pero sus ideas sobreviven.


Nascimento sigue adelante.


Fábio sigue sobreviviendo.


Fraga sigue defendiendo su posición.


Y, de alguna manera, todos terminan demostrando que ninguna de esas posiciones es suficiente por sí sola para explicar el mundo.


Porque la película no termina diciéndonos que debemos convertirnos en Nascimento.


Ni que debemos convertirnos en Fraga.


Ni siquiera que Matías tenía todas las respuestas.


Lo que hace es algo mucho más incómodo.


Nos obliga a mirar cómo nuestras convicciones pueden cambiar cuando la realidad se vuelve imposible de ignorar.


Una película que sigue haciendo preguntas


Y ahí está, para mí, la verdadera fuerza de Tropa de Élite 2.


La primera película te pregunta cuánto estás dispuesto a soportar para combatir al enemigo.


La segunda te pregunta algo mucho más difícil:


¿Qué pasa cuando descubres que el enemigo no está exactamente donde pensabas?


Porque es muy fácil tener principios cuando todo está dividido entre buenos y malos.


Lo difícil comienza cuando descubres que hay personas buenas haciendo cosas cuestionables, personas cuestionables haciendo cosas correctas y personas con las que jamás estarías de acuerdo que, en determinado momento, tienen la razón.


Ahí es donde se acaba la comodidad.


Y comienza el pensamiento.


Por eso creo que Tropa de Élite 2 envejece tan bien.


No porque tenga respuestas perfectas.


Sino porque sigue haciendo preguntas incómodas.


Sobre el poder.


Sobre la corrupción.


Sobre la lealtad.


Sobre la familia.


Sobre la amistad.


Sobre el deber.


Y, sobre todo, sobre nuestra capacidad para reconocer la verdad cuando viene del lado contrario.


Porque quizá la madurez no consiste en encontrar un bando al que pertenecer.


Quizá consiste en tener el valor de decir:


“En esto tienes razón.”


Aunque sea la persona con la que acabamos de pasar dos horas discutiendo.


Aunque no nos guste.


Aunque nos duela.


Aunque mañana volvamos a estar en desacuerdo.


Porque la verdad…


si realmente es verdad…


no necesita nuestro uniforme.


No necesita nuestra ideología.


No necesita nuestro bando.


Nosotros somos los que insistimos en ponérselo.

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